El coraje para crecer de un padre

Durante mucho tiempo me sentí alejada de mi espíritu italiano, aun siendo italiana ... "pero por suerte o por desgracia lo soy", como decía Gaber. Y es él, Giorgio Gabber, quien me hizo recordar lo que significa ser italiana.

Cada uno de nosotros encuentra su sentido y significado en nuestra historia familiar, pero en un momento preciso del propio proceso de crecimiento hay que cortar el cordón umbilical, del cual comienza la vida.

Si una primera etapa de la vida, es fuente de vida y alimento, puede convertirse en un elemento tóxico, que extingue la energía vital.

Salí de Italia para respirar, escapando de la abrumadora sensación de estar en el lugar equivocado. Sentí que estaba desperdiciando mi vida, me sentí como si estuviera en la rueda de un hámster, destinado a correr para siempre sin ir a ningún lado real. Necesitaba un cambio, vagar con mi creatividad, crecer en libertad.

Cuando subí al avión que me llevaría al lugar donde realmente conocería a Sara, no me estaba yendo solo de un país en una crisis de identidad, dejé los sentimientos de culpa, la mejor expresión facial de desilusión de las personas que querían para mi otra vida, la que les recompensaría por todos los sacrificios que habían hecho por mí.

En aquel momento sentí que querer la felicidad de una manera diferente a la que ellos esperaba de mí era un crimen, como si no hubiera cumplido el contrato que firmé en el momento de nacer. Algunos decían: "Eres demasiado impulsiva, hay que tener paciencia", "verás que las cosas mejoran". ¡Ellos mintieron! ... pero no a mí, a ellos mismos. Es la mentira que se dijeron el uno al otro para que no cambiar y ustedes que están leyendo probablemente lo saben también.

Ahora como padres y adultos, razonables que somos, vamos a aclarar algo.

A los padres de los hijos de hoy les quiero preguntar: Amáis a sus hijos, ¿verdad? Los habéis educados en la mejor forma posible, les habéis enseñados lo que está bien y lo que está mal, también se quitaron el pan de la boca para ellos. Bien hecho. Muy bien. Les habéis enseñado a pensar por sí mismos y les habéis dado los medios para enfrentar las intemperies de la vida incluso cuando usted no estáis. Bien bien.
Ahora es el momento de que se quitáis del medio!
Debéis seguir amando a sus hijos, ser un apoyo para ellos, un punto de referencia, pero dejar de ser un obstáculo para su libertad.
Nadie cuestionará sus buenas intenciones, pero hay una gran diferencia entre educar a los propios hijos e infectarlos con sus miedos o imponer su propia escala de valores.

Tu, querido padre o querida madre, debes darse cuenta de que el camino que toman los hijos será diferente al tuyo, quieras o no. Son diferentes a ti. Nacieron en una generación diferente, en una sociedad diferente, en un contexto diferente. Nunca llegarán a las mismas conclusiones que tú.
Pero dime la verdad: ¿Te alegra saber que tus hijos prefieren hablar a un extraño, llorando, escondidos como ladrones, porque no aguantan mas? ¿Te alegra saber que ya no hablan de eso contigo, porque además de sus dolores diarios, no tienen la fuerza para soportar tus constantes ruegos, tus perlas de razonabilidad y tu rostro descontento? Pero, ¿te das cuenta de que uno de los mayores problemas de tus hijos es estar a la altura de sus expectativas?
Y ya que estamos hablando de expectativas, cuéntame un poco: ¿estás tan satisfecho/a de tu vida? ¿Harías todo de nuevo como lo hiciste? ¿Llegaste a la felicidad o elegiste una vida de cautelosa resistencia? ¿Has realizado por fin tus sueños, o has optado por cerrarlos en algún cajón y olvidarte de ellos?

Tus hijos quieren tener libertad para caminar con sus propias piernas y elegir por sí mismos el camino que los hará felices, o tal vez no, pero al menos será su camino. Esto no quiere decir que quieran excluirte de sus vidas, ¡ni mucho menos! Quieren saber que estarás ahí, que participarás como siempre lo has hecho, con una advertencia y una palabra de consuelo. Quieren poder contar contigo en sus momentos de dificultad. Quieren creer que oirán tu voz decir: “¡Sí, lo lograrás!” cuando se enfrenten al próximo obstáculo inevitable. ¡Pero ellos no pueden hacerlo, si tú eres el obstáculo!

En todos estos años en los cuales he escuchado historias de intolerancia hacia los hijos, puedo escribir que solo ahora comprendo en el profundo que significa, porque encontré el coraje de separar mi país de origen con la mitología personal, mi tierra con una serie de tics, comportamientos destinados a volver a salir a la superficie, incluso cuando le pone una gran roca encima, si no la trabajas.

A lo largo de los años, me di cuenta de que lo que me define, nos define a todos y es al mismo tiempo también lo que nos hizo falta. Las fundamentas sobre las cuales construimos nuestra vida adulta son las ausencias, la falta de amor y de comprensión. En resumen, me di cuenta de que no era el país, no era la sociedad, no era el paisaje, yo me alejé de ese tenso arco de deseos frustrados que eran la forma misma del amor. Fue así que buscando la serenidad y la felicidad con la misma firmeza con la cual había declarado guerra a mi origen, hice las paces con todo, incluso con los rostros decepcionados.

Así que, queridos padres, es hora de que abran los ojos y se den cuenta de lo que están haciendo.
Es hora de que tú también crezcas.

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