La inteligencia emocional de los berrinches

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Las rabietas son una expresión que desconcierta e incluso frustra a mamá y papá. Puede ser enloquecedor tratar de calmar a un niño enojado, pero la forma en que maneje la situación explosiva moldeará el futuro emocional de tu hijo.

A veces padres y abuelos se sorprenden del carácter que tienen los niños, pero en realidad es el resultado de una serie de vivencias emocionales. Por ello, un punto que hay que aclarar es que la personalidad de un niño depende de muchos factores, el contexto en el que crece, las experiencias vividas y las relaciones que se crean, la atención recibida son elementos clave. También hay un factor genético y un bagaje emocional que llevamos desde que nacemos.

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Entonces, si eres mamá o papá, no trates de encontrar una razón por la cual tu hijo o hija tiene muchas rabietas.

El secreto es: administrar, comprender y canalizar. Puede parecer más difícil de lo que realmente es. Los niños comienzan a tener rabietas a partir de los 4 años. En esta fase el cerebro de los más pequeños empieza a madurar, a entrar en contacto de forma más íntima con lo que les rodea y empieza a demandar su propio espacio, sus cosas, sus necesidades. Entonces, si quieren algo, lo toman, hasta que explotan. Esta frustración vivida es realmente dolorosa para nuestros hijos, y en caso de que no actuemos con sensatez, intuición y paciencia en esta primera fase entre el primer año y los 4 años, el asunto puede complicarse en edades posteriores.

padre y hijo

Para facilitar este proceso educativo es importante recordar que:

  1. No se deben ignorar los caprichos, según la teoría "tarde o temprano se cansa" porque el resultado es en realidad una mayor frustración con todas las consecuencias del caso.
  2.  No debemos intensificar las rabietas, es decir, responder con gritos porque esto solo aumenta la carga emocional en ambos lados, en nosotros mismos y en los niños sin ningún beneficio para la relación.

Desde el primer año hasta los 3 años nuestros hijos desconocen lo que les está pasando. Se sienten abrumados por su mundo emocional y piensan que lo que les pasa no tiene solución. Así que, en primer lugar, recuerda siempre que los ataques de ira son una "mala manera" de decirte que les está sucediendo algo que debes comprender.

¿Entonces lo que hay que hacer?  Crecer significa experimentar todas las emociones y sentimientos, por lo que incluso el dolor de un no o la frustración de "esto no es posible".

  1. Presencia: estar con el niño o niña hasta que haya pasado el momento, cuidando de evitar consecuencias como lesiones o daños. Así que no te alejes de él ni le digas que se calle con un grito.
  2. Calma: hable con voz tranquila y tranquila porque crea un clima adecuado para la relajación de las emociones. Hasta que el niño o la niña deje de llorar, no podremos hablar con él, porque él no podrá escucharnos.

La presencia y la calma se pueden lograr siguiendo algunas estrategias simples.

  • Límites: los niños necesitan límites, lo que se puede y no se puede hacer. Cuanto antes comprendan esto, más confianza encontrarán en su día. Así que bienvenidos sean los "NO" en el tiempo, algo tan sencillo nos evita problemas posteriores.
  • Reglas: tu coherencia con las reglas te permitirá aprenderlas por ósmosis y nunca romperlas.

Los límites y las reglas son en realidad modelos de comportamiento que sirven de referencia a los más pequeños, acompañados de explicaciones y mucho cariño.

Y finalmente, ayúdalos a reconocer sus emociones, desde una edad temprana, con la ayuda de juegos o dibujos animados. Aprender a comunicar emociones en primera persona es algo muy útil que podemos potenciar desde las primeras etapas de forma sencilla y elemental, pues una vez que se familiaricen con la ira, el miedo, la tristeza, aprenderán a canalizarlas adecuadamente.

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